Llevaba camisa blanca y vestia ojos tristes. De los que te hablan al mirarlos.
Para un sordo habria sido pan comido, porque créeme si digo que hablaban en otra lengua sus manos.
A veces le gustaba beber té sentado en los ventanales de una hermosa París. Que a mi parecer se volvía gris cuando él la visitaba.
Toda mi rabia contenida se acumulaba en mis pies. Yo corría y corría dejando a mi derecha el Sena, con la intención de llegar a otra patria. Y me afixiaba. Y mas me enfurecia.
Quería alcanzar su avión de vuelta para gritarle que me daba igual que se marchara. Que ya no me dolian sus maletas por mi casa.
A la vuelta de la esquina le prometió amor eterno a otra. Vaya que si lo hizo.
Y yo que nunca me doy por vencida le escribi la cancion mas fea de amor.
De camino a los ventanales de mi casa note que se avecinaba tormenta en un septiembre agotado.
Le dije al cielo que esta vez no era el otoño que venía, era mi cuerpo que estaba llorando.
Tú, es París. Me repetian sus susurros desde el otro lado del mundo.
"Cuanta distancia hay entre nosotros que no se llama kilómetros..."
Sentenció mi voz temblando...
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